Diario de Ruta 2010, Chile

“A mí no me gusta la gente de por ahí, a mí me gusta estar en casa con mi madre”

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Hace más de cincuenta años que dejó su ciudad natal en el norte de Chile para emigrar con su madre a Valdivia. Se ha ganado la vida como pintor, mecánico y ahora como limpiador de pescado. Vivió durante una larga temporada en la calle y, desde entonces, se burla de las normas sociales y de todo lo que se encasilla como normal...

 

 

Bajo los coloridos toldos del mercado fluvial de Valdivia, justo delante del puente de la Teja Rota, se ve una parada como cualquier otra, si no fuese por el detalle de la persona que detrás se esconde. Rodeado de cajas, cuchillos afilados y con hedor a vísceras de pescado, Carlos Pérez Pérez se aprieta bien el nudo del delantal mientras apoya ligeramente su cuerpo a la mesa donde desguaza durante diez horas al día un mínimo de tres cajas de pescado. No levanta la mirada más que para controlar de forma casual a los curiosos que se pasean. Mientras tanto, trabaja sin pausa. Sus manos curtidas limpian meticulosamente el pescado que se pondrá en cajones grises de plástico y que será cubierto con hielo para mantenerlos frescos. Mientras abre el pescado por la mitad y le quita las escamas, ladea ligeramente la cabeza y aprieta la comisura de los labios concentrado.

 

Hace más de cincuenta años que dejó su ciudad natal en el norte de Chile para emigrar con su madre a Valdivia. Se ha ganado la vida como pintor, mecánico y ahora como limpiador de pescado. Vivió durante una larga temporada en la calle y, desde entonces, se burla de las normas sociales y de todo lo que se encasilla como normal. Tiene la tez morena, ojos claros y mirada penetrante, lenta, insistente. Su nariz robusta destaca dentro de un pequeño rostro que parece haber vivido milenios. Habla poco, lento y flojo, a veces es casi ininteligible, pero de algún modo extraño transmite confianza. Cuando sonríe se le tuerce la boca y se le asoman sólo unos pocos dientes Sus ojos cuentan más que sus palabras y mientras se expresa, los mueve con determinación y energía.

 

 

Cuando todavía vivía en el norte fue durante muchos años vagabundo, y aunque no tenía nada, conservaba muy bien sus ideales políticos. Muchas noches se reunía con amigos y con brochas pintaba muros a favor del comunismo, para cuando llegasen los carabineros salir corriendo. De esto su madre no se enteró y nunca lo hará.

 

 

Desde que llegó a Valdivia ha trabajado en el mismo mercado limpiando los mismos pescados. Aunque es un oficio duro que no le ha dejado apenas tiempo libre, afirma no necesitar nada más. A Carlos Pérez Pérez le gusta vivir y pensar simple, y le importa bien poco lo que ocurra a su alrededor. Su tono de voz se balancea entre la decepción de quien ha visto demasiado y la paz de quien ha encontrado por fin la receta de la felicidad. Cada día después de trabajar se dirige directamente a su casa, donde le espera su madre. Su mayor placer es sentarse en el sofá y tomarse un buen whisky con hielo y acompañarlo de todos los cigarrillos que durante su jornada no se ha podido fumar. El tabaco es de las pocas cosas que le han acompañado desde los doce años, ahora ha encontrado la tranquilidad y estabilidad en su propia casa y de allí prefiere no salir. No le gusta la gente ni las relaciones, como si de tanto tenerlas, se hubiese empachado de mezquindad.

 

 

Como cada día, Carlos Pérez Pérez se levantará a las siete de la mañana, trabajará hasta las seis de la tarde y se dirigirá directamente a su casa. Se preparará un whisky con hielo, se sentará en el sofá y se encenderá un cigarro.

 

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