Diario de Ruta

Día santo en Isfahán

Foto de Samuel Homedes

Félix Montero

Amanece en Isfahan. El sol comienza a alumbrar la ciudad de los puentes mientras el despertador interrumpe los sueños tahínos. Empieza un nuevo día, marcado en rojo en el calendario de la expedición. Es la festividad de Ashura, el aniversario del martirio del imán Husseim, que pone fin a diez días de actos festivos su honor. Toca luto; la ropa negra y discreta son las consignas para una jornada en la que queremos pasar desapercibidos. 

La emoción contenida de los tahinos se percibe desde el desayuno. Algunos comentan que anoche estuvieron en la plaza que acoge los principales actos de la jornada. Pudieron respirar autenticidad, pero también respeto y cortesía. El ambiente denota nerviosismo, sabemos que vamos a vivir algo único.

La salida del hotel nos catapulta hacia la realidad de la Ashura. En cuanto cruzamos la puerta, nos topamos con la manifestación que se dirige a la plaza Naqsh-e. Miles de iraníes marchan en procesión al grito de “Ya Husseim”. Conforme nos dirigimos a la plaza nos damos cuenta de la magnitud del evento: todas las calles están repletas de desfiles que caminan hacia la plaza principal. “Como en la Semana Santa de Sevilla”, comenta algún expedicionario.

Una vez llegamos a la plaza, nos dedicamos a observar cómo los fieles caminan hacia la mezquita. Ellos tienen tambores, banderas y cadenas. Nosotros, en cambio, cámaras de fotos, micrófonos y libretas para retratar el último día del Muhárram. Desde el máximo respeto y discreción, por supuesto.

Sin saber muy bien cómo, acabamos entrando a la mezquita. Hombres y mujeres entramos por diferentes lados y, una vez dentro, nos explican el significado de los días santos y el mensaje de Husseim. “Su mensaje va más allá de un acto religioso, la Ashura es un símbolo de jusiticia”, nos explica el guía. Observamos sorprendidos la capacidad de la mezquita, que en cuestión de horas  ocuparán más de 10 000 creyentes.

Una vez fuera, caminamos hacia un punto elevado de la plaza, donde podemos observar el final de las procesiones. La plaza se vacía poco a poco, mientras los fieles llenan la mezquita. Conforme la cantidad de gente disminuye, empezamos a ser conscientes del privilegio de haber podido disfrutar de este evento. Entendemos a los que anoche estuvieron en la plaza.

La comida sirve para descansar y relajarnos. El tiempo de descanso se extiende hasta la tarde, cuando visitamos los principales puentes de la ciudad. La puesta de sol acompaña nuestra despedida de Isfahan. Entre la vuelta al hotel, trabajos en grupo y el merecido descanso, pensamos en la aventura de mañana: el desierto.