El cronotropo del río

Tras coronar la Ciudad Perdida, bajamos un tramo de 1200 escaleras de piedra que, tal y como predijo el 'mamo', se convirtieron en un verdadero río por causa del aguacero. Los cantos resbalaban y nuestros pies palpitaban de dolor por la presión de las botas y los calcetines empapados.
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Si me suelto, me voy.
Es lo único que piensas cuando estás cruzando un río bravo durante la noche. 
Es lo que pensamos todos los expedicionarios cuando, tras cinco horas a la intemperie, cruzamos uno a uno, sujetos mediante arneses, un río caudaloso en mitad de la selva colombiana.
Pocas horas antes la fuerza brotaba de nuestros cuerpos durante el ascenso a la Ciudad Perdida.  Una vez arriba, tuvimos el privilegio de reunirnos con el 'mamo', líder espiritual de la tribu indígena kogui, y con emoción escuchamos sus sabias palabras. Él nos aconsejó abandonar la zona alta de la montaña cuanto antes: había empezado a llover y era probable que el temporal impidiera nuestro regreso. Pero ya era tarde: el aguacero tropical es siempre inevitable.
Tras coronar la Ciudad Perdida, bajamos un tramo de 1200 escaleras de piedra que, tal y como predijo el 'mamo', se convirtieron en un verdadero río por causa del aguacero. Los cantos resbalaban y nuestros pies palpitaban de dolor por la presión de las botas y los calcetines empapados. 
Al llegar a la zona más próxima al río supimos con certeza de que sería imposible cruzar, el agua bajaba con demasiada fuerza. En ese momento tan extremo la inquietud roza tu mente y comienzas a preguntarte cuánto tiempo deberás esperar para volver al campamento. Al fin y al cabo, dicen que los cronotropos son prejuicios que todos tenemos hacia ciertos enunciados históricos. El nuestro, más de treinta estudiantes atrapados en una pendiente cercana a un río con un caudal feroz, no sonaba demasiado bien.
A pesar de ello, al cabo de un tiempo que se hizo demasiado largo y frío, conseguimos atravesar las aguas, aunque fue una ardua tarea. Pero solo puedes esperar. Tras cruzar el río, debíamos recorrer la corta distancia que nos separaba del campamento a oscuras, pero la presión de llegar lo antes posible hizo que atravesáramos el camino con mucha rapidez. Y es que el cuerpo, cuando ansía llegar a un lugar seguro, de forma casi inconsciente, hace que olvides del cansancio y simplemente te impulses hacia la dirección que hay que seguir.

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