Diario de Ruta

El pueblo de las manzanas de hielo

Foto de: Marina Pinto

Texto e imágenes por Marina Pinto

Después de la fresca jornada de ayer en la cascada de Margoon, hoy hemos vuelto a la estepa amarilla que tanto nos estamos acostumbrando a ver. Nos hemos levantado en Yasuj, un pueblo industrial que nos ha acogido de paso ya que no se encuentra muy lejos de la montaña donde hicimos el trekking.

A dos horas de esta ciudad por carretera nos adentramos en la zona protegida de Dena, en los Montes Zagros. Viniendo por carretera desde el sur, encontramos un desvío que podría pasar desapercibido a no ser que nuestros autobuses no se hubieran parado. Los guías nos indican que debemos subir a unos autobuses más pequeños y rudimentarios que nos están esperando al margen del camino. Estos precarios vehículos nos van a llevar a Sivar, un discreto pueblo rural al norte de las montañas.

A medida que subimos el paisaje va cambiando. Aparece un riachuelo y empezamos a divisar un poco más de verde. También topamos con un poblado de nómadas que justamente hoy están celebrando una procesión en honor de la semana de Moharran, evento que año tras años lleva a los iraníes a recordar el asesinato del nieto del profeta Mahoma, Hussein. Paramos para ver este momento tan inesperado.

Hombres y niños de todas las edades se pegan con unas cadenas a la espalda al mismo ritmo, como hipnotizados por la melodiosa y pesante voz de un hombre que recita versos. Una vez han terminado, reparten vasos de zumo de naranja para hacer frente el calor. A nosotros también nos lo oferecen. Hasta unas chicas se suben a los autobuses una vez nos hemos decidido a seguir la ruta para obsequiarnos con unas frutas que recuerdan a los albaricoques.

Seguimos subiendo hasta que aparece delante de nuestras narices el pueblo de Sivar, rodeado de kilómetros de campo, todo verde como si fuera primavera. El contraste con el ocre de las montañas y la piedra del pueblo hace de la imagen un cuadro del que no quieras apartar la mirada.

Sivar es un pueblo pequeño, rudimentario, realmente parece como si hubiéramos viajado en el tiempo. Los 2000 habitantes de esta aldea dedican sus vidas a la agricultura. Los campos que vimos al llegar son mayormente manzanos. El fruto de estos árboles hace famosos al pueblo ya que allí crecen unas manzanas que, aunque pequeñas, contienen mucha agua proveniente del deshielo de las montañas. Eso las hace muy ricas en minerales y son el verdadero tesoro de Sivar. También producen miel así como harina de arroz entre otras elaboraciones.

Nos da la bienvenida Hadi, un respetado vecino del pueblo que domina muy bien el inglés y nos cuenta que es doctor en psicología. Nos explica orgulloso que su mujer nos va a sacar fotos ya que es periodista. Más tarde nos va a explicar ella misma que trabaja a través de Internet para un periódico online sobre historia. También nos muestra con verdadera emoción en sus ojos las maravillas de su pueblo natal mientras nos conduce hacia un patio de cemento repleto de toldos. Bajo los toldos conocemos al pueblo entero, que está disfrutando de una representación de la batalla de Kerbala, es decir, los acontecimientos por los que en estas fechas todo seguidor del islam se presenta de luto.

Nos quedamos una media hora y podemos ver los actores, de vestuario casero y escasa decoración, van leyendo de una libreta su texto, la mayoría cantado, que recuerda a los versos que podimos oír tanto a la procesón como a la típica llamada al rezo musulmana. Hadi nos dice que la obra dura unas tres horas, pero que no nos vamos a quedar a verla entera. Entre el público se pueden ver tanto niños excitados por la llegada de unos estranjeros como gente mayor emocionada y hasta llorando por la obra de teatro y la historia que representa.

Nuestro nuevo guía local nos conduce hacia los campos de manzanas, donde nos han preparado unas alfombras estiradas a la sombra de los árboles. Mientras descansamos y nos desahogamos un poco del calor, unos señores del pueblo nos traen la comida y nos sentamos todos juntos a almorzar.

Una vez repuestos, nos hemos dividido en pequeños grupos y hemos accedido a la invitación de algunas familias de asistir a sus casas.

Las calles estan repletas de gente que nos sonríe al pasar, nos hacen fotos y posan para que nosotros les fotografiemos también. Cruzamos varios Salam con ellos. Mientras nos dirigimos a las casas de nuestros amfitriones pedimos a los guías que nos enseñen más palabras en persa. De esta forma, a parte de saludar, ya podemos dar las gracias y despedirnos.

Yo me quedo con unos cuantos expedicionarios más, con uno de nuestros guías y con Hadi, que nos llevan a casa de una numerosa familia que nos recibe con los brazos abiertos. Nos enseñan su cabra, nos llevan a ver su molino de harina de arroz, situado en un almacén al lado de su casa. Es una estancia pequeña con tan solo un par de máquinas y medio centenar de sacos apilados contra una pared. Volvemos a la casa donde nos hacen ponernos cómodos y nos ofrecen té. Nos fijamos también que en la luna trasera del coche llevan escrito el nombre de Hussein, subrayado con lo que simula un reguero de sangre. Son fieles seguidores del imam y resulta que es una forma muy común de rendirle homenaje en estas fechas.

Dentro de la casa, toda cubierta de alfombras se está mucho más fresco. Dentro nos acompaña la matriarca de la familia, una mujer de cara afable y con visiblemente complacida por tanta compañía. Junto a ella está su marido, el señor de la casa y uno de sus hijos. Más tarde aparecen tres nietas, adolescentes. Entran por la puerta, con vestidos largos y chador saludando tímidamente. Pasan a otra sala dejándose la puerta entreabierta que me permite ver como ya se han quitado los vestidos y pañuelos largos y llevan ropa corriente. Al tener visita, se unen a nosotros con el reglamentario hijab.

La actitud y comportamiento de los iraníes dentro de las casas no tiene nada que ver con la sequedad y formalidad de la calle. Esta familia es cálida, alegre y no se cortan a darse muestras de cariño. A medida que van llegando familiares se dan besos en las mejillas, incluso hombre con hombre, cosa que por ejemplo no pasa en nuestra casa, que se dan las manos o como mucho, un abrazo.

Las nietas se han puesto a ayudar a la abuela a la cocina para preparar el té y luego se quedan al margen de la estancia. Pero a la que les empezamos a hacer preguntas, las chicas se sueltan y se muestran muy coquetas con los chicos del grupo y a posar como modelos cuando les pedimos fotos. Antes de irnos, la abuela me hace un gesto en la cabeza, al que yo respondo agachándome y ella me planta un beso en la frente, con una sonrisa de oreja a oreja.

Aparte, la familia tiene historia. En una repisa hay un foto retrato de un joven en blanco y negro. Nuestro guía nos traduce y averiguamos que ese atractivo joven era el sobrino de los anfitriones. Murió hace más de 30 años en la guerra entre Iraq e Irán. Oso preguntarle el por qué de la guerra, para saber qué piensan ellos. Me responde desconcertado: “No sé para qué son las guerras. Para ganar terreno, riquezas,…” Ninguna mención a Estados Unidos ni a las declaraciones atribuidas a Goeffrey Kemp, asesor del entonces presidente Ronald Reagan, respecto al memorable “sabíamos que (Hussein) era un tirano, pero era nuestro tirano”.

De camino a los autobuses para irnos ya a Isfahán, Hadi nos desvía hacia la casa de sus padres. Entramos la mitad del grupo inicial. Nos recibe su padre, su cuñada y su mujer, la periodista. Nos quedamos brevemente, pero el tiempo suficiente para ver otra vez lo agradables, cariñosos y familiares que son los iraníes en la privacidad de sus casas. Hadi nos sorprende besando repetidamente a su padre, con un cariño excepcional. Nos dice que el hombre no tiene ningún tipo de estudio, pero que gracias a él y a su fallecida madre, tanto él mismo como sus hermanos, son doctores, los únicos del pueblo.

Por último, las mujeres nos llevan al cuarto donde duermen y visten a dos tahinas con los ropajes tradicionales de novia. Dicen que ha sido una de las experiencias más intensas de todo el viaje.

Ahora sí, nos subimos a los pequeños autobuses y volvemos a la carretera. Todos los niños del pueblo nos escoltan un trozo en moto. Si, habéis leído bien. En moto. Niños de no más de 10 años en motos Yamaha destartaladas, sin casco y en ocasiones sin mirar por donde van. Nos pitan y adelantan despidiéndonos. Hasta una lleva tres niños encima.

Saco la cabeza por la ventana y doy un último vistazo a Sivar y sus manzanos. Aprovecho para sacar unas últimas fotos del colorido cuadro y pienso seriamente en la invitación de Hadi de que cuando queramos, nos podemos quedar en su casa.

De camino al hotel de Isfahán donde dormiremos esta noche, observo las caras de mis compañeros. Todo el mundo está extasiado con la hospitalidad de la aldea y su gente, y seguro que todo el mundo tendrá muchas cosas a escribir durante el trayecto.

Tags