Reportajes

Capitales imperiales: de Pasargada a Persépolis

La Puerta de todas las Naciones de Persépolis. Luis Rodríguez

Pasargada y Persépolis representan el inicio y el fin del Imperio Persa

Por Luis Rodríguez

Entre las montañas rocosas de la provincia iraní de Fars se encuentra la que un día fue la capital del Imperio Persa: Persépolis, símbolo de poder y sala de audiencias. Antes de ello, no obstante, Pasargada ostentó este título, convirtiéndose en la primera capital construida y gobernada por la dinastía aqueménida. Ambas albergan los últimos vestigios de la época dorada preislámica, un periodo que los iraníes recuerdan con honor y que rememoran como pilar fundacional de su historia.

Los cimientos del Imperio Persa aqueménida se edificaron sobre la ciudad de Pasargada. Construida por el rey Ciro II el Grande entre 559 y 530 a.C., abarcaba además un complejo real donde se mandó construir la que sería su tumba, símbolo de la arquitectura persa. Bajo las premisas ideológicas del zoroastrismo, la religión oficial de la época, a su alrededor se construyeron inmensos jardines que contrastaban con la escasa vegetación del desierto en el que se situaba. Según las alegorías persas, Ciro II fue el creador de los jardines iraníes por la plantación de los árboles y la canalización del agua que se hizo en Pasargada.

Pese a que la tumba de Ciro II continúa en pie, el resto del espacio apenas conserva algunos elementos arquitectónicos de la antigua metrópoli. La primera capital del imperio fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2004, recibe cada año 5000 turistas procedentes de Francia, Italia o China, entre otros, según los datos proporcionados por la Oficina Turística de la antigua ciudad persa. “Su importancia se debe a que es uno de los momentos de mayor esplendor de la historia de la civilización persa. Es una parte de nuestra historia que tenemos que conservar y respetar.”, explica el responsable de la la Oficina Turística de Pasargada.

Tumba de Ciro II el Grande en Pasargada. Luis Rodríguez

El tercer rey de la dinastía aqueménida de Persia, Darío I el Grande, levantó a pocos kilómetros la majestuosa Persépolis que, a diferencia de su predecesora, no llegó a ser una ciudad, sino que su papel fue plenamente administrativo. Se trataba de un complejo ceremonial de palacios o templos situados sobre una terraza monumental o jardines y altares construidos para recibir a los súbditos del rey. Su construcción se inició en 521 a.C. con la Puerta de todas las Naciones y se trasladó la sede del gobierno persa para llevar a cabo ceremonias y celebraciones.

Muchas de sus escalinatas conservan todavía bajorrelieves que representaban las 28 culturas que formaban el Imperio Persa, símbolo de la unidad y la diversidad del mismo. Un encuentro de naciones. “Persépolis es un símbolo de Dios que todos aceptamos. Para nosotros significa un punto de unión entre todas las culturas y religiones del pueblo de Irán, y así lo demuestran los relieves que se pueden observar en las escalinatas.”, argumenta un trabajador del complejo real de Persépolis, quien asegura que por el yacimiento pasan al día más de 1000 turistas de diferentes nacionalidades.

Persépolis fue quemada por orden de Alejandro Magno, rey de Macedonia, en 331 a.C. durante la conquista del imperio por parte de los griegos. La capital persa quedó en ruinas, tal y como sucedería con Pasargada. Pese a que su estado actual dista mucho de las construcciones esplendorosas del antiguo imperio, su condición de capitales significó la exhibición del poder persa y su trascendencia en la historia de la civilización.

Bajorrelieves de las escalinatas de Persépolis. Luis Rodríguez
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