Noticias 2017, Colombia

La conquista de la Ciudad Perdida

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A las 13:29 horas, los expedicionarios son dirigidos a la casa del Mamo: un privilegio, ya que es el líder espiritual de la comunidad y no suele aceptar visitas en su choza. El lugar es pequeño pero gracias al fuego, los tahinos se pueden calentar y refugiar de una lluvia que cada vez es más intensa. El mamo se muestra reticente y sus respuestas son escuetas y ambiguas, rápidamente, invita a todo el mundo a abandonar la choza. "Vigilad con el rio y la lluvia", dice mientras reparte pulseras sagradas: no se equivocará.

Son las 4:30 horas de la mañana en la Sierra Nevada, a estas horas la mayoría de turistas que se dirigen a la Ciudad Perdida están durmiendo, pero los tahinos no. Ya están despiertos y preparados porque saben que el día en el que coronarán la cima ha llegado. 

Poco a poco los expedicionarios van adentrándose en la espesa selva, hasta verla interrumpida por la aparición de un particular puente, construido por guías e indígenas ante el desinterés del Gobierno colombiano. 

Horas más tarde llegan a uno de los puntos de descanso más grandes de la zona y se sorprenden al ver dos niños kogui jugando en un maltrecho e improvisado campo de fútbol. En ese momento, algunos de los viajeros decide jugar un partido con los niños, que termina por volverse una oda a la vida: no importa el resultado, la cara de los chicos es un premio que recuerda que la felicidad se consigue con pequeños detalles.  

 

Aún impregnados de sudor por la batalla, los expedicionarios se adentran en un valle plagado de antiguas plantaciones de coca, entre las que aparecen los primeros poblados indígenas. 

Cada vez están más cerca de la Ciudad Perdida y en sus rostros no hay cansancio, hay emoción porque son conscientes de que pueden lograr algo único. Después de cruzar varios ríos cristalinos y tras deleitar sus sentidos con magníficas vistas, los tahinos llegan a las 10:18 horas a Paraíso Teyuna, el último campamento antes de la Ciudad Perdida. Ya la tienen al alcance de sus manos. 

Tras atravesar el último y complejo río, llegan a las temibles escaleras que conducen a la Ciudad Perdida. Se tratan de centenares de rocas que ponen a prueba las últimas fuerzas de los expedicionarios. Sin embargo. ya nada puede quebrantar su espíritu: su momento ha llegado. 

En la cima, los paisajes son increíbles, los restos arqueológicos forman grandes circunferencias sagradas en las que no se debe pisar. En su interior, además de estar las chozas kogui, se enterraba a los muertos. 

La presencia del ejército sorprende a los tahinos, los paramilitares ya no están, pero el gobierno mantiene a los soldados por precaución. 

Mientras los tahinos disfrutan del momento fotográfico del día, empieza a llover, sin que nadie se puede imaginar lo que sucederá más tarde. 

A las 13:29 horas, los expedicionarios son dirigidos a la casa del Mamo: un privilegio, ya que es el líder espiritual de la comunidad y no suele aceptar visitas en su choza. El lugar es pequeño pero gracias al fuego, los tahinos se pueden calentar y refugiar de una lluvia que cada vez es más intensa. El mamo se muestra reticente y sus respuestas son escuetas y ambiguas, rápidamente, invita a todo el mundo a abandonar la choza. "Vigilad con el rio y la lluvia", dice mientras reparte pulseras sagradas: no se equivocará.  

Al salir de la choza la lluvia es intensa, en ese momento el descenso hacia el Paraíso Teyuna se convierte en una odisea y las escaleras parecen ser las piedras de un gran rio. 

 

Una vez abajo la decepción flota en el ambiente, el caudal del rio ha aumentado y no se puede cruzar: tocará esperar. El tiempo se hace eterno, casi 5 horas en las que los tahinos sufren los efectos de la lluvia y la humedad que les cala los huesos, así como las iracundas picadas de mosquito. 

Llegada la noche, el curso de los acontecimientos cambia y el caudal de río se reduce. La habilidad de los guías y el ingenio de David Rull permiten crear mediante cuerdas un arnés improvisado. Los expedicionarios logran cruzar y volver al refugio, que más que nunca merece el nombre de Paraíso.

 

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