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La hospitalidad de las cuevas de Meymand

FOTO: SAMUEL HOMEDES

Ainhoa Santín

Las montañas, vestidas de un rojo ceniza, dan la bienvenida a un nuevo día. A media madrugada, los tahinos devoran los últimos restos del pan persa y del té amargo para partir en autobús, su perpetuo compañero de viaje, hacia el pueblo Meymand.  

El trayecto de horas se hace ameno. Algunos duermen a boca abierta apoyados en la ventana. En el fondo, se escuchan murmullos y risillas de los desvelados.  Otros blancos como mármoles, luchan consigos mismos para mantener el desayuno en su sitio. Fuera, el paisaje parece de película de wenstern americana. Un desierto de pequeñas plantas se mezclan con pequeños oasis de árboles con sombra. Unos pocos coches adelantan el bus y nos miran curiosos de nuestra ropa chillona y las curiosas formas de llevar el velo. 

La primera parada del día es Meymand, un pueblo formado por cuevas. Antaño, los pastores y sus rebaños se quedaban ahí durante los seis meses de frío. En la actualidad, 100 familias siguen viviendo allí, pero todo el año. 

Una de las familias nos invita a un té amarillento y dulce sobre una alfombra color sangre con decorado floral. No hay habitaciones. En esa misma superficie blanda duermen, cocinan, viven. Sin embargo, el baño está fuera de la cueva. El padre de familia trabaja en una fábrica y la madre se encarga de cuidar a sus hijas. El lugar es fresco y a la vez, se siente la calidez de la hospitalidad iraní.  La familia nos pide el Instagram y el número de teléfono. Esto invita a una reflexión de cómo puede uno adaptarse al avance de la sociedad sin abandonar sus tradiciones. 

Tras despedirnos con un ‘merci’ y antes de subir al bus, saboreamos otro té y una galleta exquisita. Irán sabe a agua de rosas. 

Caravanserai es nuestro siguiente destino. La comida, en el antiguo refugio de la Ruta de la Seda, hace retroceder en el tiempo. Las mesas de madera y los abundantes decorados coloridos recuerdan a la época de los mensajeros que paraban a descansar tras quilómetros cruzando Asia. 

La última parada es la Casa de la Fuerza en Yazd. Un salón de entrenamiento para hombres iraníes dónde siguen la tradición de lucha persa.  Mientras uno toca el tambor, ellos hacen ejercicios como los soldados persas harían en el Templo de Fuego. 

Los golpes de tambor y el canto tan agudo del cantante pone los pelos de punta. Los entrenadores hacen flexiones hasta de tocar de nariz al suelo y ejercitan los brazos con mazos de madera de hasta 60 quilos. Niños de 15 años giran y giran con los brazos extentidos, una técnica de lucha persa.  

Es el cuarto día de los expedicionarios y siguen aumentando las ganas de seguir viendo el país persa. Mañana Persépolis, ¿qué nos deparará? 

Foto portada: Mujer residente de Meymand Autor: Samuel Homedes