Diario de Ruta Reportajes

Melika: poesía en la mesita de noche

Laura Serrat

Los ojos oscuros de Melika resaltan con el pañuelo blanco que le cubre el pelo. Tiene quince años y su sonrisa con los dientes grandes y un poco sobresalidos refuerzan su imagen afable. Des de la ciudad de Bandar Abbás, situada en el Golfo Pérsico, se ha desplazado hasta Shiraz para acudir a la tumba de uno de los poetas persas más reconocidos, Hafez, que vivió durante el siglo IV. El mausoleo dedicado al artista es un parque rodeado de plantas que parecen trazos de color sobre la hierba recién cortada. Son muchas las familias iraníes que escogen este lugar para pasar la tarde en compañía, leer la obra del poeta o incluso escribir sus propios versos. La figura del poeta  representa un oráculo para muchos iraníes, que abren su libro al azar con la esperanza de encontrar predicciones sobre su futuro. En el caso de Melika, los versos de Hafez la acompañan durante la pérdida de un familiar querido, cuando se enamora o incluso antes de hacer un examen. 

La poesía de Hafez entra en la mayoría de hogares de los iraníes. El artista ha conseguido que su obra esté encima de la mesita de noche de las casas más ricas y las más pobres, de los niños y la gente mayor. Muchos de sus versos se han convertido en lemas que los iraníes repiten para atraer a la suerte de cara al futuro. Diván es el titulo de la obra que recoge quinientos poemas del artista y los lectores son capaces de recitar los versos más significativos sin consultar el libro. Melika retiene en la memoria los fragmentos de la obra del poeta que la conmueven y al conocernos pide permiso para escribir en nuestras libretas poemas de Hafez en farsí. Explica que guarda el libro cerca de su cama y, al menos una vez por semana, dedica un rato a sumergirse en la obra del poeta persa. No le importa releer porque asegura que siempre encuentra nuevas formas de mirar e interpretar las palabras, ya que cada momento de lectura es diferente. Cuando se le nublan los ojos o al pensar en su futuro recorre a Hafez. “Quiero estudiar medicina y leer poesía me da fuerzas para encaminarme hacia mi sueño”. 

Cierra los ojos y pone sus manos sobre la tumba de mármol de Hafez. Reza unas oraciones en silencio. Ha venido acompañada de toda su familia y sonríe y hace bromas con sus hermanas. Destaca que su debilidad por el poeta se forjó a través de sus padres, quiénes le enseñaron por primera vez los poemas y su simbolismo. También apunta que la escuela la ayudó a comprender mejor un artista que realza la nobleza del alma humana y la búsqueda de la sensación de eternidad en los momentos cotidianos. Sostiene que sus poemas consiguen englobar a un público amplio porque utiliza un lenguaje sencillo y lírico que enseguida “consigue evadirte de tus preocupaciones”. En la mayoría de los casos, la relación íntima que los iraníes presentan con la poesía perdura hasta la vejez. En el jardín dedicado al poeta, son muchos los hombres y mujeres mayores que se estiran a la hierba y abren el libro por una página aleatoria.

Melika aprovecha la excursión en el mausoleo de Hafez para conocer a los turistas de otros países lejanos y explicarles lo que el poeta significa para su país. Desea que nos llevemos un regalo suyo y decide escribirnos uno de los versos de su poeta preferido que describe el poder de conocerse a uno mismo y de vivir una vida sencilla. La biografía de Hafez se suele confundir con leyendas y una de ellas cuenta que el poeta pasó cuarenta días solo en el desierto, sentado en un círculo de arena que el mismo trazó. Una de las versiones apunta que, durante la última noche, se unió a la consciencia cósmica. Este misticismo ha dejado huella en la forma de ser de Melika. Al despedirnos, nos abraza como si hubiera convivido con nosotros muchos años. La calidez que ella ofrece al viajero muestra su capacidad para darse al otro. 

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