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Músculos y poesía en la casa de la fuerza

Laura Serrat

Ali Mirtaki es un joven iraní de quince años que vive en Yazd y cada día cuando sale del instituto entrena cuatro horas en la casa de la fuerza. Allí mueve una masa de treinta quilos alrededor de su cuello, levanta una cadena de metal con cascabeles y gira su cuerpo como si fuera una peonza al ritmo de un tambor y de los versos de poesía épica persa. Se trata de una práctica tradicional que tiene su origen en el entrenamiento para la guerra que hacían los soldados alrededor del siglo V aC, cuando la dinastía aqueménida dominaba el territorio de Irán. El objetivo era reforzar la musculatura para sujetar la espada con fuerza. Hoy, los ejercicios para prepararse para la batalla se han convertido en un deporte que los atletas de distintas ciudades del país practican para ganar músculos, equilibrio y ritmo. 

Los tahinos observamos de cerca esta práctica en una casa de la fuerza situada cerca del monumento Amir Chakhmakh de Yazd. El espacio difiere mucho de la idea de gimnasio que perfilamos en nuestro imaginario. Se trata de una sala cubierta de alfombras de color cereza con dibujos verdes y azules encima de ella. Los viajeros dejamos los zapatos en la entrada y nos dirigimos hacia una sala terminada en forma de cúpula donde se realizan los ejercicios. En medio, siete deportistas vestidos con pantalones de colores se mueven al unisono a la hora de levantar pesas, dar vueltas o saltar. Su agilidad en cada gesto convierte el entrenamiento en un baile en el que balancean una masa de madera de treinta quilos y giran su cuerpo hasta prácticamente difuminarse. 

Entre el público se encuentran turistas y gente local que quiere ver cómo los atletas reviven los movimientos de los luchadores. Desde su inicio en la época aqueménida, la música o los gestos pueden presentar variaciones. Pero la tradición conserva la esencia de combinar la fuerza con la poesía, el equilibrio del cuerpo humano con la espiritualidad. La persona que se encarga de recitar a gritos los versos épicos recibe el nombre de ‘morched’. Él se sitúa en una tarima y con un micrófono lanza unas palabras que motivan a los atletas. Estos de vez en cuando se detienen para secarse el sudor y refrescarse con agua. Su rostro húmedo y cansado indica la dificultad de mantener el ritmo sin desequilibrarse.

Los iraníes que practican este deporte se hacen llamar ‘atletas de Ali’. Los chiïtas admiran al imán Ali, el yerno de Mahoma, que suele ser representado como un personaje que simboliza la fuerza, según explica el guía e la expedición. Ninguno de los movimientos de esta práctica surge de forma improvisada, cada gesto contiene un significado y una historia detrás. Antiguamente, el baile pretendía reforzar los músculos de la espalda y los brazos para sujetar la espada con contundencia. Este tipo de entrenamiento surgió en la época  la que el zoroastrismo era el movimiento religioso más extendido entre la población. En aquel tiempo, los templos de fuego eran comunes y los soldados entrenaban en una superficie redonda y hundida unos centímetros respeto al suelo. 

Ahora los brazos y las piernas de los atletas también se mueven en un escenario que se adentra en el suelo de la misma forma. Las edades de los practicantes son diversas y existe un respeto entre pequeños y mayores. Cada persona tiene su espacio y exhibe aquello que se le da mejor. Uno de ellos presenta una musculatura más desarrollada que los demás y sorprende al público cuando levanta y mueve las pesas al ritmo de los versos épicos. Otro de ellos tiene la figura de un bailarín y sus piruetas son tan rápidas que, si dejaran rastro, quedaría una estela dorada de círculos.

En otro país seguramente este joven podría ganarse la vida con este ejercicio. Pero las casas de la fuerza de Irán continúan siendo un rincón donde el turismo masificado no ha llegado y, por ese motivo, mantienen la autenticidad de la población local. Según cuenta Said, cada vez son menos los deportistas que deciden practicar este deporte ya que muchos de ellos se inscriben en gimnasios más modernos. Eso hace que los practicantes se conviertan en guerreros que luchan contra el olvido de una tradición iraní.