Crucé el Atlántico por primera vez en agosto de 1998. El destino: Ecuador. La duración del periplo: un año. El objetivo de la aventura: ‘buscar'. Y ahora, a menudo, me pregunto apesadumbrado si en lugar de haber pasado un año por tierras andinas, hubiera sido mejor ir a Sydney, Florida o Ottawa. Hoy, sin duda, dominaría el inglés o, al menos, sabría mucho más del que ahora recuerdo.