Diario de Ruta 2009, Ecuador

Tras la cortina de agua

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Había sido una mañana muy dura. Pocas horas de sueño, mucho chuchaqui en la cabeza y una larga caminata nada más levantarnos. Acabamos de llegar en  autobús al Pailón del Diablo, y parecía que mi cuerpo no iba a aguantar mucho más.

Empezó con una caminata de 20 minutos cuesta abajo… Si en ese momento me hubiera dado cuenta de lo que estabamos caminando posiblemente me hubiera parado pensando en lo que me tocaría subir más tarde.

La primera atracción era un pequeño puente colgante, cuya capacidad no excedía las cinco personas. Entre los tahínos un grupo ecuatoriano de escolares la espera se demoró una media hora, pero cuando empiezas a andar sobre el puente te das cuenta que ha merecido la pena. Son las primeras vistas de la cascada más impresionante que había visto en mi vida y todavía nos encontrabamos a unos metros.

Una vez pasada la cola de vuelta te dispones a subir un camino rocoso, que como nos prometieron meses atrás te llevaría a ver la cascada desde detrás. Empezando a subir el camino te encuentras con un panel que te avisa de los balcones que se encuentran a una altura de 6.080 metros sobre el nivel del mar. No es fácil subir. Las piedras dibujan escalones altos y resbaladizos por el agua. Mientras vas subiendo, ves que la gente que baja está completamente empapada y te empiezas a imaginar lo que te puedes encontrar. Los minutos antes de llegar al primer balcón se viven intensamente, mientras tu cabeza sueña con lo que se está a punto de encontrar.

Llegamos al primer balcón, y lo que antes habías imaginado no tiene cavida en ese sitio. Un manto de agua entre blanco y plateado sale de entre la pared de piedra con una fuerza que nunca había visto en la naturaleza. El estómago se te sube, se descoloca de su sitio en respuesta a una sensación nunca antes experimentada.

Este balcón tiene unas escaleras que bajan casi hasta el fondo. Desde el saliente de estas escaleras las vistas mejoran de forma descomunal: empiezas a ver un arco iris que forma un semicírculo casi perfecto alrededor de la caída de la cascada. El agua, que bajaba con tanta fuerza, rebota contra el río que se forma en su extremo hasta llegar a alcanzar una altura de unos tres metros, que por supuesto llegaba hasta donde nos encontrábamos. Cuando ves el arco iris trazado con esa armonía en la naturaleza entiendes por qué algunos pueblos del amazonas tienen en su bandera sus colores. Nunca me he sentido tan viva como me sentí observando la cascada. Y de repente te das cuenta que tus ojos empiezan en humedecerse. Fue la primera vez que tuve ganas de llorar.

Había un tercer balcón desde donde observar la cascada. Antes de subir te aconsejan que no lleves mochila. Subiendo entiendes la razón. Llegar allí es un trabajo costoso. Empiezas andando de cuclillas entre las rocas con un mínimo espacio para cualquier movimiento. Cuando termina la parte con el techo tan bajo empieza una mini escalada en túnel vertical en la que tienes que ir buscando entre las paredes tu punto de apollo. Es difícil que entren dos personas a la vez.

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