Por Javier Lombardero
Hoy es siempre todavía. La expedición Tahina Can se acerca a su final y los tahinos intentan exprimir al máximo los últimos momentos. Por alguna extraña razón los días pasan rápidos y lentos a la vez, quizás por la intensidad del viaje que hace que las horas se conviertan en minutos, y por las risas, las conversaciones y las anécdotas, que dilatan el tiempo.
El día antes de volver a casa, y tras una cena en la casa de una familia cosaca que se alargó más de lo debido, se emprende la vuelta a Bishkek por la orilla sur del lago Issyk Kul. Dejando atrás Karakol, dos horas de viaje en autobús hasta la garganta de Skazka (que en castellano significa cuento de hadas): un paisaje deslumbrante rodeado de paredes rojizas que reciben diferentes nombres por sus formas, como la muralla china, el hipopótamo, el dragón, el elefante o el órgano.
De regreso al autobús, los tahinos paran en una tienda de souvenirs que aparece en medio del camino para comprar los últimos regalos: llaveros, imanes, zapatillas o carteras hechas a mano, muñecos de fieltro y figuras decorativas.
Previamente, antes de comenzar la subida de dos kilómetros y medio a la garganta de Skazka, un actor español desconocido afincado en Kirguistán, pero con una gran proyección, y que había sido avisado por el concejal de urbanismo del pueblo de Shabdan de la visita de la expedición Tahina Can, deleitó a los expedicionarios con la recreación de la famosa escena de la película Gladiator.
A las dos y media de la tarde, y con mucha hambre, los tahinos pueden seguir degustando la gastronomía kirguisa en un restaurante instalado en el interior de una yurta gigante, con unas vistas panorámicas del lago Issyk Kul. Una vez terminada la comida, hay un poco de tiempo libre (muy apreciado y valioso) que es aprovechado para poder seguir admirando la grandeza cautivadora del lago, de un azul intenso y una extensión inabarcable, como si te encontraras delante del océano.
Vuelta al autobús rumbo al lugar donde pasaremos la noche, bordeando campamentos de yurtas, complejos abandonados, playas al borde del lago y un monumento en lo alto de una colina dedicado a la épica de Manás (el héroe kirguís).
Durante el camino, y con una postal del atardecer a lo lejos, la expedición tuvo la fortuna de poder ver una demostración de cetrería al borde del camino. Jenish, cuyo nombre significa ‘victoria’, explica en qué consiste la cría del águila y las peculiaridades que hacen a este animal tan especial, pudiendo llegar a cazar zorros y chacales.
Por fin, se llega al campamento de yurtas cerca del pueblo de Bokonbayevo. Este será el lugar que acogerá a los tahinos en su última noche. Hace un poco más de calor que en el anterior campamento de yurtas y el paisaje que rodea la zona, una vez más, es espectacular. Mañana empieza la verdadera ruta, cuando los expedicionarios vuelvan a su casa y puedan describir lo que han podido vivir estos días. Hoy es siempre todavía.













