Por Abel de Medici
Los últimos compases del verano son siempre nostálgicos y vienen acompañados de efemérides inexcusables, como las excursiones a la costa en busca de una válvula de escape al calor sofocante o el olor dulzón de la cerveza caliente atrapado en calles gentrificadas y sometidas a la tiranía del patinete eléctrico. Pero desde hace muchos años, para algunos el punto final de dicha estación es la Expedición Tahina-Can, que en esta ocasión vuelve a partir rumbo a un país tan conocido como desconocido, según si nos ceñimos a los tópicos o intentamos ir más allá: Vietnam.

El punto de encuentro de la expedición es la terminal 2 del aeropuerto de Barcelona, custodiada por la escultura del caballo hipertrofiado obra de Fernando Botero, una oda a no saltarse el día de piernas en el gimnasio y una evocación a la entereza que van a necesitar los y las integrantes de esta aventura en la primera gran prueba del viaje: un vuelo de 12 horas hasta Hong Kong, seguido de otro de poco menos de 2 hasta Hanoi.
El viaje empieza con unas palabras que se han convertido en mantra: “Partimos 35. Tenemos que volver, como mínimo, 35”. Mientras algunos toman estas palabras como una invitación a formar una familia, otros juegan con la ambigüedad: “Te voy a cambiar por un cerdito vietnamita”, bromea (o tal vez no tanto) uno de los expedicionarios con un monitor. Al fin y al cabo, nunca se ha especificado que los 35 que tienen que volver deban ser necesariamente humanos. Entre tanto, otros aprovechan la espera para echar una partida de cartas al UNO: ya son ganas de empezar a romper amistades tan pronto, imagina la incomodidad si en el avión te toca al lado del desdichado al que le has endilgado la carta de +4.

Finalmente la expedición embarca y la gente se prepara para soportar como bien pueda la travesía. La rigidez de los vuelos de larga duración no puede verse sino como el justo castigo que merecen los mortales por intentar conquistar los cielos, territorio reservado a los dioses olímpicos y a criaturas míticas como los dragones, el fénix o el pájaro Roc. A medida que avanzan las horas, el tejido del espacio-tiempo tiende a quebrarse progresivamente, como también se quiebra la mente del pasajero, y del mismo modo que en el horizonte de sucesos de un agujero negro, la realidad se distorsiona.
Las primeras horas son más o menos soportables, incluso disfrutables si se ha acertado en la elección del libro que nos acompaña o se elige bien entre la surtida oferta de películas. El problema real empieza después de la comida, cuando la sangre del cuerpo migra hacia el aparato digestivo y el cerebro se resiente de tal privación. Empiezan las malas elecciones, como ver películas de serie F en versión original subtitulada o jugar a un videojuego de facturar maletas surgido de las profundidades de alguna mente perturbada. Si uno logra dormirse, luego se despierta como salido de un encuentro de lucha libre mexicana y, al mirar la pantalla del asiento, comprueba con horror que todavía quedan 7 horas de vuelo.
No hay consenso entre los psiquiatras acerca de cuál es el momento exacto en el que la mente del pasajero se rompe, pero superado el umbral de la sexta hora la caída de las funciones cerebrales es innegable y, al tocar la novena, uno confesaría haber matado a J.F. Kennedy con tal de poner fin a la tortura. Dentro de un par de días hay planeado un trekking y ni siquiera esto podría dejarlos con la misma expresión de haber salido del gulag que estas 12 horas de avión.

El trasbordo en el aeropuerto de Hong Kong y el segundo vuelo hacia Hanoi se visualizan ya con resignada entereza, como el peaje necesario en la antesala de la experiencia del viaje. “Tanto cuento con la innovación tecnológica y nadie se ha dignado aún a inventar la puerta mágica de Doraemon”, sentencia alguien al pisar finalmente el puerto de los aromas. Es el momento de los whatsapps tranquilizadores a la familia para hacerles saber que se ha llegado bien, o al menos todo lo bien que se puede llegar después de 12 horas de avión.
Por desgracia, no solo hay poco tiempo para hacer transbordo al segundo vuelo, sino que además hay que superar un nuevo control de seguridad bajo la mirada inquisidora de unos funcionarios que, a juzgar por su expresión y algún bostezo disimulado, no están en mucha mejor condición que la gente de la expedición. Toca de nuevo revisar las mochilas para cercionarse que no se llevan navajas, pistolas, nunchakus o extintores: siempre puede pasar que algún despistado se haya dejado algo de todo esto olvidado en el equipaje de un viaje anterior y es una faena si se lo encuentran en el control.
Para este segundo vuelo, la mente está tan cansada que la lectura o la película tienen que ser realmente buenas para retener la atención; en caso contrario, se ve abocada a otra hora y media de ludopatía repartida entre el juego de facturar maletas y las apuestas -por suerte, sin dinero real- en carreras virtuales de caballos. Suerte que el desayuno del avión es invariable, porque a estas alturas muchos ya no podrían ni afrontar la clásica pregunta: “Chicken or rice?”

Finalmente, la expedición pisa la tan anhelada tierra del dragón de piedra. Ni los cíclopes ni los lestrigones tienen la malicia de interponerse en su camino: sobrevivir a esta experiencia les ha farmeado suficiente aura como para que ni siquiera el airado Poseidón se atreva a tocarles las narices. Dice el poema de Kaváfis que hay que pedir que el viaje sea largo… pero igual quien lo pidió en esta ocasión le puso demasiadas ganas.
Ahora sí, empieza la aventura.














