Por Ester Marsal.
Después de una larga y emotiva noche en Hanoi, los tahinos despiertan para disfrutar de su último día en Vietnam. Ahora sí, por suerte o por desgracia, es la última vez que van a desayunar sopa.

La primera parada es el mercado de Nam Du, en Chợ Nam Dư. Allí pueden ver algunas de las comidas tradicionales vietnamitas y acabar de conocer su cultura callejera. Tras esta visita, asisten a una espectacular danza tradicional realizada por una asociación que trabaja para acercar la cultura a los más jóvenes.

Cuando el hambre acecha, es momento de asistir a una clase de cocina impartida por una cocinera local y sus hijas; y tienen, además, la suerte de poder hacer sus propios rollitos vietnamitas fritos y rollitos con papel de arroz. Los Tahinos se dividen en grupos para cocinar y serán las anfitrionas las que deciden quién ha sabido darle mejor forma y más sabor.

Ahora sí, cargan con sus maletas y pasaportes y empieza el verdadero viaje: 12 horas de vuelo hasta lo que llaman casa, aunque para algunos, un trocito de hogar se queda allí. Tras coger dos aviones, hacer escala en Hong Kong y dejar atrás los rollitos para comer lasaña y pan con mantequilla en el avión, los aventureros ponen fin a esta experiencia.
Vietnam ha sido mucho más que un destino; han sido 35 personas compartiendo madrugones, kilómetros, comidas, cansancio, canciones, imprevistos y mucho, mucho trabajo. Dentro de cada maleta queda todo lo que han compartido, han visto, han aprendido y han tenido la suerte de vivir, así que, aunque Vietnam quede ya a miles de kilómetros, la expedición no termina una vez aterriza el avión.














