Por Marc Valle
Nos despertamos entre montañas, en el corazón de las yurtas, a 2.000 metros de altitud, rodeados por un paisaje que aún no terminamos de creer real.
Mientras nos levantamos, hacemos yoga o vamos corriendo al baño, el sol empieza a salir con fuerza, avisando del desayuno, mientras empezamos a quitarnos capas de ropa.
Dos horas más tarde, para salir de dudas sobre la posibilidad del hambre, comemos de nuevo, con apatía pero con ganas del resto de día.
Poco antes, una emergencia medica ha alterado al grupo, y con el prospecto de tranquilidad que nuestro compañero ya esta mejor, desandamos el camino de ayer, entre la fuerza del río y la suavidad de la brisa.

Poco después, salimos hacia una escuela cercana, situada justo al lado de la catedral de la Santísima Trinidad. El edificio escolar no destaca por fuera, pero guarda en su interior una de las experiencias más emotivas del viaje.

Primero con timidez, luego con entusiasmo, conocemos a una clase con niños pequeños, nos preguntan, nos observan, y nos sacan fotos.
Les mostramos cómo hacer fotos, y ellos nos regalan sonrisas, curiosidad y una sensación de cercanía inmediata. Luego pasamos a una segunda clase, esta vez con adolescentes. El ambiente cambia, más breve, aunque deja un profundo recuerdo.
Durante el recreo salimos al patio. Algunos niños se acercan, intercambiamos palabras, gestos, objetos.
Sorprenden regalándonos pequeños objetos -chocolate, un espejo, un llavero- y nosotros vamos rápido a comprar y llevarles caramelos. Volvemos con aún más presentes.
La visita al colegio se queda grabada como un momento pesado en la memoria.
De regreso, pasamos brevemente por el hotel antes de adentrarnos en una velada especial: visitamos una casa cosaca. Allí nos espera una mesa llena de sabores y una atmósfera que combina orgullo cultural, fuerza, habilidad y hospitalidad. La comida es abundante y sabrosa, pero lo que nos atrapa es la música y los bailarines y bailarinas.

Cantan. Bailan. Algunos temas son tradicionales, otros más conocidos, pero todos generan un ambiente festivo. Sin darnos cuenta, nosotros también estamos bailando, hasta que no se distingue quién es huésped y quién es anfitrión.
Terminamos el día con sensación de estar en casa.













