Por Daniela Sosa
Cuatro horas de diferencia horaria, unos 7500 kilómetros y 8 horas de vuelo separan al grupo del punto de partida en Barcelona.
Antes tienen que llegar a Bishkek, la capital, desde donde comienza el camino de vuelta.
Ya se empiezan a escuchar frases como: “Hoy es la última vez que desayunamos juntos”.”Fue la última noche que dormimos en Kirguistán”. Todas denotando cierta nostalgia por lo vivido.
El equipo fitness es el que divisa el último amanecer, al levantarse con el sol para correr y hacer crossfit antes de las largas horas de bus, desde Bokonbayevo hasta la capital kirguisa.
Los menos deportistas salen de sus yurtas con dirección al baño a la hora justa para desayunar.
Abel fotografía por última vez las montañas de Tian Shan, y compra lo que todos piensan, erróneamente, son los últimos souvenirs.
Durante el desayuno los tahinos conversan sobre cuantos som les quedan y hacen transacciones entre ellos para gastarlos y no llevarse billetes a casa.
El café sabe un poco más amargo que otros días. La sensación ambivalente de querer descansar en casa y las ganas de seguir recorriendo la estepa se apoderan de gran parte del grupo.
La parada técnica en un baño de una gasolinera se hace más larga de lo pactado. El café se sirve lento, los snacks son meticulosamente elegidos, evitando los que tienen fecha de caducidad previa a hoy y el avistamiento de souvenirs y miel dentro del local demora un poco más la llegada a la caja de pago.
Las horas de bus se aprovechan para terminar los trabajos y organizar las presentaciones de estos esa misma noche.
Pero las sorpresas llegan más tarde. El lugar elegido para la última comida es el complejo “Hawai”. Al llegar los recibe una réplica, de la ya conocida por todos, Torre Burana. Al adentrarse en el lugar, se ven estatuas de metal de diversos animales, helicópteros, lagos y hasta un zoológico.
Abel desaparece en el paraíso y regresa cuando ya están por la mitad de la comida presumiendo las casi 500 fotos que realizo en ese tiempo. Nadie se sorprende.
La llegada a Shah Palace, el primer y último hotel, no se hace esperar demasiado.
La presentación final se ve saboteada por la recepcionista, que insiste en que los aplausos y gritos efusivos molestan a los otros huéspedes. Les pide bajar la voz en varias ocasiones hasta que le solicita al guardia de seguridad que se encargue del asunto. Los aplausos continúan en lengua de seña, aunque algunos con sonido se escapan.
El grupo se vuelve a sorprender con el restaurant Pishpek. Al entrar a la sala, especialmente preparada para ellos, se encuentran con una mesa larga de madera, estilo medieval, arañas de techo de cristal y copas de vidrio. Como en todo el viaje, la comida es abundante, así como las palabras de agradecimiento de Edil y Eliza, los guías de la expedición.
La última sorpresa del día es la interposición de la tierra entre el sol y la luna.
La luna llena del 7 de setiembre de 2025 los deleita con impresionantes imágenes del cielo y le da un tono rojizo a la misma. Este fenómeno, según los astrólogos, se produce en el signo de Piscis. La energía de Piscis es emotiva, altruista, espiritual y profunda. Por lo tanto, este eclipse, invita a un cierre de un ciclo de fuertes vivencias y un crecimiento individual hacia la mejor versión de cada uno, tal como se siente el cierre de este Tahina Can 2025 Kirguistán.













