Por Júlia Álvarez y Daniela Sosa
I
Las moscas parecen estar más que contentas en este escenario. El hedor traspasa los inexistentes techo y puerta. Un grupo de chinos se apelotonan para entrar. Aprovechan la espera para capturar el acontecimiento.
Es un agujero triangular en el suelo hecho de cemento. Se desconoce si puede llamarse letrina, pero de la misma forma, las personas deben ponerse en cuclillas para hacer sus necesidades y no hay agua que se lleve lo que depositaron. ¿Tanta prisa tenían los turistas chinos en venir aquí? Claro, acceder a los otros baños que se encuentran por el camino hasta llegar a Cholpon Atá cuesta 10 soms (aproximadamente 0,1 euros).
Dicen que se trata del mismo grupo de turistas que ayer se fotografiaban encarecidamente en la Torre Burana, en Tokmok, lejos de donde se encuentran ahora. Es casualidad, pero también lógico que, al visitar los puntos de interés, se coincida en los petroglifos. Este conjunto de piedras fue arrastrado por un glaciar y a los escitas les parecieron perfectos lienzos para plasmar sus obras.
Los escitas fueron la primera civilización que hubo en Asia Central entre los siglos VIII a.C y IV d.C. Son conocidos porque fueron expertos jinetes y formaron un ejército habilidoso. Eran animistas, es decir, creían que todos los seres formaban parte de una misma alma, por eso, sus rituales veneraban, en vez de a dioses, a otras especies. En el 90% de las veces, comenta el guía, se dibujaban cabras montesas, animal sagrado que habitaba en lo alto de la montaña y que desde ahí podía supervisar todo. Se aprecian estos trazos en las piedras, aunque a veces implica usar la imaginación.
El proceso creativo iniciaba con la alteración de los sentidos. Los escitas tomaban hongos o marihuana y tocaban ritmos repetitivos hasta quedar en trance. En ese momento, comenzaban a tener alucinaciones y palpaban las piedras que más les llamaban la atención para sus obras pictóricas. Este ritual era conducido inicialmente solo por mujeres chamanas.
II
El suelo está mojado y algo sucio, pero a nadie le importa. Es un espacio reducido. El movimiento dificulta cualquier actividad en su interior. Ponerse el bañador en el baño del barco que navega en el lago Issyk-kul (lago caliente) no es tarea fácil.
El agua del lago Issyk-kul no está tan caliente como su nombre indica. Este lago es el más grande de Kirguistán y el segundo lago alpino más grande del mundo después del Titicaca, en Perú. Tiene una longitud de 182 km y un ancho de 60 km. Se encuentra a 1609 metros de altura y su profundidad alcanza los 702 metros.
Es un lago ligeramente salado, lo que dificulta que en invierno se congele. Además, el agua cristalina del lago está en constante movimiento, con fuertes mareas, impidiendo que se vuelva tranquila y que el hielo aparezca.
La emoción se apodera de los expedicionarios que se colocan el chaleco salvavidas. Los tahinos más valientes saltan del barco bajo las miradas de los que deciden vivir la experiencia a bordo.
El viento contribuye a que el barco se zarandee y roce suavemente la superficie del lago. No obstante, los bañistas realizan figuras de nado sincronizado, mientras desde el barco, algunos inmortalizan el momento y otros intentan sobrevivir al mareo.
III
El viaje es largo, la ruta está en construcción y en el autobús no hay opción. Necesitamos parar. La cola para pagar los 20 som (aprox. 0,2 euros) se hace eterna para los que están apurados. En la entrada nadie comprueba si se ha pagado el costo así que algunos pasan sin hacerlo. El baño no huele del todo mal, está limpio y tiene papel higiénico. Afuera se toma café mientras aparece una nueva tahina. Es de pelo oscuro, ojos color miel y andar ligero. Se acerca un poco tímida al primer integrante que, ignorando las indicaciones médicas de prevención de garrapatas, se tira al suelo a hacerle mimos. Enseguida retoman la ruta y con pena dejan atrás a la amiga perruna.
IV
Se escucha la música tradicional kirguís. Hay que apresurarse, la función ha empezado. Aunque se prefiera ir al inodoro, hay más cola que para usar la letrina. Así que la elección es fácil, cuclillas y espectáculo.
Cuatro mujeres, con sombreros alargados en forma de cono y vestidos blancos con detalles dorados, regalan a los clientes del restaurante Dastorkon una demostración de danza kiyiz. Previamente, los expedicionarios se han saciado con un gran banquete de carne y pescado local servido con decorados de fuego. Los platos vegetarianos venían empalados en una espada de hierro.
V
Silencio. No hay colas ni prisas. Un sofá rosa impoluto decora el espacio. Se permite sentarse sin riesgo de contraer infecciones. Es el último baño que visitamos en el día. Lujoso y espacioso como el mismo hotel Karagat, en Karakol. Entre estas paredes inicia la reflexión de la última jornada: los kirguises son generosos, disfrutan de transmitir sus tradiciones más ancestrales, permiten bañarse en su impresionante lago y, sobre todo, ofrecen abundantes platos.













