Por Javier Lombardero
El país más democrático y libre de Asía Central; un Estado independiente desde hace 34 años con seis presidentes diferentes durante ese tiempo, un récord si se compara con sus vecinos; y un pasado que aún pesa en el ambiente, como ex república de la Unión Soviética (URSS). La corrupción es el único mal endémico del país, aunque cada año mejora su posición en los índices de medición. Estamos en Kirguistán, un país de apenas 7 millones de habitantes.
Limítrofe con China al este, con Kazajistán al norte, con Tayikistán al sur y Uzbekistán al oeste es conocido como la Suiza de Asía Central, por sus paisajes escabrosos y lagos de gran altitud. Su nombre significa ‘la tierra de las 40 tribus’ y sus orígenes se remontan a más de 2000 años cuando tribus nómadas se asentaron en la región. También formó parte de la Rusia zarista y de la Unión Soviética hasta 1991, cuando se convirtió en un Estado independiente después de la disolución de la URSS. También fue un enclave importante de la Ruta de la Seda (antigua vía comercial que China abrió en el siglo I a.C. para comerciar con Occidente).
Cuando se pasea por las calles de la capital, Bishkek, se pueden contemplar bloques de viviendas de la época socialista, coches de manufactura rusa, las calles Moscú y Kiev, edificios de la empresa gasista rusa Gazprom o amplias avenidas que confieren a la ciudad una grandeza imperial, lo cual refleja los lazos culturales y de fraternidad que aún persisten entre Rusia y Kirguistán.
Pasado soviético
Aunque el país se ha modernizado y muchas cosas han cambiado en estos 34 años, como el nombre de la capital, que antes de 1991 se llamaba Frunze en honor del dirigente bolchevique, siguen presentes vestigios de ese pasado soviético: la estatua de Lenin, el monumento a la amistad del pueblo entre Rusia y Kirguistán o el propio idioma ruso, que se enseña en la escuela junto con el kirguís, siendo idioma cooficial, que igualmente crean ese sentimiento de unión.
Durante el periodo soviético había tantos ucranianos y rusos como kirguises en el país, pero en la actualidad los kirguises constituyen más del 70% de la población. En Moscú viven actualmente 700.000 kirguises y se le conoce como la octava provincia de Kirguistan. En Kirguistán por su parte viven menos de 300.000 rusos, la mayoría en Bishkek.
Edil Dadilov tiene 29 años, nació en la región de Issyk Kul, estudió en Bishkek traducción con la especialidad en ruso y chino y actualmente trabaja como guía turístico mostrando con orgullo su país. El no vivió en la Unión Soviética, pero gracias a su curiosidad incansable conoce la experiencia de sus padres. “Después de la caída de la Unión Soviética mucha gente entró en depresión, como mi padre, que perdió su trabajo como constructor”, dice Edil.

El periodo comprendido entre los años 1991 y 2000 es conocido como los años de la crisis, ya que la mayoría de negocios, dependientes del gobierno soviético, dejaron de existir. Pero poco a poco se abrió la frontera con China y el comercio relanzó la economía kirguisa.
Escenario internacional
En política internacional, Asía Central tiene mucha influencia de Rusia y siempre que se toman decisiones importantes estos países deben consultar con Moscú.
Con respecto a la guerra de Ucrania el gobierno kirguís se mantiene neutral, ya que no le conviene apoyar abiertamente a Rusia debido a las posibles sanciones impuestas por la Unión Europea y Estados Unidos, pero tampoco podría posicionarse en contra de Rusia porque tiene una alta dependencia de las importaciones de petróleo y gas, principalmente de Rusia y Kazajistán.
Entre la población local la percepción que se tiene de Rusia difiere en función de la edad: mientras que las personas mayores, que vivieron en la Unión Soviética, son más propensos a apoyar a Rusia, los jóvenes están del lado de Ucrania. Aun así, el oso ruso sigue teniendo mucho poder. “Es mejor que nos llevemos bien con Rusia”, comenta Edil.
Venera nació en la República Soviética de Kirguistán en 1977, en el mismo pueblo donde vive hoy, Bokonbayevo. Cuando cayó la Unión Soviética tenía 14 años y lo único que recuerda es que sus padres siempre estaban en el trabajo (su padre trabajaba en una colectivización del pueblo) y el domingo era el día de descanso. En aquella época no había emprendedores ni comerciantes, no se escuchaba hablar de dinero, no existían los préstamos bancarios y el abastecimiento de alimentos y ropa dependía del gobierno.
“Mi infancia fue muy feliz, iba con mis padres a los desfiles del 1 y el 9 de mayo y en clase nos dividíamos en distintos grupos representando a las diferentes repúblicas soviéticas como Estonia o Kirguistán”, rememora Venera con nostalgia.
Los kirguises en general mantienen un buen recuerdo de la Unión Soviética ya que no había problemas de abastecimiento y llevaban una vida tranquila. Pero con la disolución de la Unión Soviética tuvieron miedo, sin saber cómo iban a vivir. Algunos kirguises estaban contentos por ver a su país convertirse en un Estado independiente, pero eran una minoría. Durante 10 años, hasta 2001, fueron años muy duros, pero el país remontó.
En la actualidad, los kirguises están contentos con su situación. Cada familia depende de su propio trabajo y los ciudadanos elegirían el momento presente. Durante la época soviética los ciudadanos no podían salir del territorio conformado por las 15 repúblicas socialistas soviéticas. Después de 34 años ya no son dependientes de Moscú.
Alexander es el padre de una familia cosaca asentada en la ciudad de Karakol, en el extremo oriental del lago Issyk Kul. Tiene 65 años y también ha vivido siempre en el territorio de Kirguistán. “La Unión Soviética era un país grande, con trabajo estable y educación gratis. Si la caída de la Unión Soviética fue buena o mala depende de Dios” afirma Alexander, quien considera que la disolución de la Unión Soviética no fue ni buena ni mala.

Alexander cree que es imposible que vuelva la Unión Soviética, aunque lo que querría es que la relación entre los países sea amistosa. “Pero la historia de la humanidad no puede ser sin guerra”, concluye Alexander.
Antes había muchas calles en Bishkek con nombres relacionados con el pasado soviético, pero en la actualidad muchas se están renombrando. Sin embargo, Edil habla con su familia en kirguís y con sus amigos en ruso, a veces incluso puede cambiar de idioma de forma instintiva en la misma conversación.
Kirguistán es un país de contrastes, nostálgico y libre, consciente de su pasado, pero ansioso de poder tener una voz propia. Gente como Venera condensa buena parte del espíritu kirguís: reconocen su herencia, pero no echan de menos la Unión Soviética.













