Por Miquel Torrent.
Hanoi despierta un día mas envuelto en un caos armónico y perfectamente calculado. Llegamos a la Calle del Tren, y como un niño perdido que encuentra a sus padres entre la multitud de un estadio, localizamos un asiento libre.
Las sillas se pegan a los edificios para permitir el paso del imponente convoy, lo que acorta aún más la distancia con la gente a nuestras espaldas. No se hace extraño si miras en la dirección adecuada, aunque el desmedido volumen del televisor en la oreja nos haga sentir unos invasores del espacio vital.
El residente decide abrir bruscamente la puerta de su casa obstaculizada por una silla. No una silla cualquiera, sino una silla ocupada. Empieza a flotar incomodidad en el ambiente. Facilitamos la maniobra al hombre que sale echando voces indescifrables.

Las miradas de los compañeros sugieren coincidir en que el hombre está de un mal humor causado por el tránsito pegajoso de turistas. Sospecho algo diferente. Probablemente sea enemigo del silencio y la tranquilidad, pero nosotros no somos su enemigo. Me convenzo de que es la única manera de desenvolverse con éxito que ha tenido con el turismo: obrando brusco. Me alío con el camarero para que se preste como traductor e intercambiar unas palabras con el hombre. Al acceder con una sonrisa se confirman mis sospechas.
No sabemos qué piensa el hombre. Sabemos lo que necesitamos creer que piensa, no habíamos ido mas allá.
-¿Cuánto hace que vive aqui?
-Desde los franceses- dice gesticulando con orgullo.
-¿Cómo era un día aquí hace 20 años?
-Diferente. El nivel por donde pasa la vía era más elevado.
Sin ninguna mención al turismo ni muestras de rechazo hacia los turistas. Al contrario, se le nota emocionado de conversar con nosotros. ¿Acaso no hemos invadido su espacio como para haber provocado el despertar de su lado más salvaje?
Tung, una de las guías de montaña compañera de Felipe, habla de la hospitalidad, la gratitud y la amistad como valores muy arraigadas a la cultura. Lo hace mientras recorremos un país en el que el contacto entre desconocidos parece estar lleno de pequeños rituales: un “Cui Dau” (inclinación del torso), una muestra de respeto, un gesto de agradecimiento.
Le planteo a Tung si podría ser que la convivencia prolongada con el conflicto no haga a una sociedad violenta, sino más hábil para contenerlo. Sometidos a la tension de la guerra durante siglos, ¿acaso no moldea el desarrollo de la personalidad de generacion en generación? Tung coincide y me habla de sus padres. Le cuentan que en la guerra, si no participas, colaboras. Ayudas al que está al lado. No hay que buscar la huella de la guerra en el conflicto, si no en la manera de atravesarlo.














