Por Júlia Álvarez
Kirguistán fue un punto de intercambio neurálgico durante la Ruta de la Seda. Los productos viajaban en caravanas de camellos desde el extremo oriental de China, donde se producían, hasta las costas del Mediterráneo, pasando por Asia Central. Este territorio lo conforman hoy 36 países. Los comerciantes iban en busca de productos como la seda, las especias, la porcelana o el té.
La realidad es que debido a la inestabilidad del territorio, aunque se mencione “ruta” en singular, había diferentes trayectos y estos se iban modificando. Aún así, los historiadores trazan dos rutas principales y ambas confluyen en la actual Kirguistán.
Mientras que la ciudad de Tokmok, antiguamente Balsagún, se destaca en la ruta del norte, la ciudad de Uzgen es la más emblemática en la del sur. Estas, al ser zonas de valle, eran las únicas vías posibles de paso entre las cordilleras montañosas. Sus habitantes eran los karajánidas, una dinastía túrquica, que reinó en Ásia Central del siglo X al XIII. El Mausoleo Karajánida en Uzgen y la Torre de Burana, un minarete declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en Tokmok, son edificaciones que rememoran el paso de esta civilización y su pasado mercantil.
En la capital, Bishkek, también se recupera esta herencia histórica. Zhibek Zholu (Avenida de la Ruta de la Seda) es el nombre de una de sus calles principales.
Actualmente, se habla de una nueva Ruta de la Seda, impulsada por China desde 2013. Este proyecto pretende establecer conexiones con los puertos terrestres y marítimos de Asia, África, Europa y América Latina. Kirguistán, incluido también en esta nueva coyuntura, seguirá recordando con orgullo su participación en el origen del comercio internacional.













