Por Júlia Álvarez
Las cabañas circulares de color blanco que se observan más temprano que tarde en las estepas kirguises se llaman yurtas. Son estructuras móviles que valían de casa a las personas nómadas. Por ese motivo, su composición es sencilla para facilitar su traslado.
Una familia kirguisa que habita en una casa edificada en Tokmok y se dedica a recibir turistas, ofrece una demostración de cómo se construyen en directo. Primero colocan las paredes y la puerta hechas de madera de sauce. Posteriormente, el techo. Este acto del levantamiento de la yurta siempre lo hacía el hombre de la casa, explica Turat, el señor de 47 años que acaba de hacer este tutorial de construcción. A continuación, se adjuntan los palos que unen la pared al techo. En este punto, le corresponde a una mujer colocar las decoraciones interiores. Son una especie de pompones de colores que cuelgan en las paredes.
La bandera del país contiene un techo de yurta en el centro. Es de color amarillo, ya que simboliza el sol y se extiende sobre un fondo rojo, que representa la sangre que vertieron sus antepasados. De hecho, el nombre del país está compuesto por el sufijo “stan”que significa tierra o lugar y el prefijo “kirguís”que quiere decir de las 40 tribus. Asimismo, las puntas del sol de la bandera son 40. Por lo que vemos el estrecho lazo entre la vida nómada y el origen del país y su cultura. El 31 de agosto, día de la fiesta Nacional, en motivo de celebración había una gran yurta situada en la plaza principal de la capital Bishkek, Ala-Too.
Una vez fijada la estructura de la yurta, toca hacerla habitable. En primer lugar, se distribuye una corona de junco en la pared para protegerla del viento. Por último, se cubre con fieltro, piel de cordero, tanto alrededor como en el techo. Este material es muy buen aislante. En invierno mantiene el calor adentro, la temperatura en las montañas kirguisas puede descender hasta los -20 °C, y en verano conserva el frío. Su forma redonda también responde a un motivo, el viento pasa por los lados sin chocar directamente con la yurta.
Generalmente, una familia tardaba un día en construir y equipar una yurta. Aunque en los Juegos Olímpicos Nómadas el récord fue de 8 minutos. Turat explica que el espacio del interior de la yurta se dividía. La derecha era la zona para el hombre, mientras que la izquierda era para la mujer. En el primer espacio guardaban material ecuestre y de construcción, en el segundo albergaban utensilios de cocina.
El medio de transporte era el caballo. Una yurta se puede transportar con 3 caballos. Cuando se desplazaban, lo hacían en familia. En un pasto vivían entre 10 y 15 familias. Se dedicaban a la vida pastoril y a la ganadería. Pastaban corderos, vacas, caballos o yacs. Su alimentación, por ello, se basaba en carne, leche de sus animales y recolectas del valle.
Cuando se habla de vida nómada, se habla en pasado. Actualmente, existe población seminómada, pero esto es solo en un 5%, explica el guía turístico Edil Dadilov. Son familias que durante el verano suben a las montañas y en septiembre bajan a los pueblos. Solo durante la etapa estival viven en yurtas. De modo que los niños pueden seguir con su curso académico con regularidad. En Kirguistán la educación es obligatoria de los 6 a los 16 años.
No solo los seminómadas usan yurtas. Una casa moderna puede instalar una en el jardín para tener un espacio cubierto en el exterior. El precio es a partir de los 1.500 euros. Muchas se usan como aparadores comerciales: paradas de miel, de mermelada o de otros productos típicos o bien, como restaurantes. Son un reclamo turístico, así que también hay hoteles en plena naturaleza donde las habitaciones son yurtas. Como es el caso del valle Yogi-Osh.
Alojarte en estas condiciones es toda una experiencia. Durante el día, se observan los animales pastando libremente en un paisaje montañoso inmejorable. Los pulmones se llenan de aire limpio y el sonido del río que fluye con fuerza calma las inquietudes. Durante la noche, la temperatura desciende bruscamente. Todas las capas de ropa son suficientes y también necesaria una linterna. Lluís Pont, fundador de establecimientos turísticos en el desierto de Marruecos, recomienda que siempre que se duerma en sitios fríos y sin calefacción, se deje la sábana como capa inferior y sobre ella, se coloque un edredón doblado y el cuerpo quede dentro. De forma que tanto espalda como pecho queden cubiertos.
Lograr desconectar en este paradero no es metafórico: no hay cobertura y la electricidad va con energía solar. De modo que, dependiendo del clima se pueden tener más o menos horas de electricidad o ninguna.
El origen de las yurtas se remonta a la Edad de Hierro. Los escitas, famosa civilización de guerreros y diestros jinetes, que habitaron en Kirguistán durante los siglos VIII al III a.C tenían este modo de vida. David Rull, Doctor en Egiptología y periodista de viajes, explica que los nómadas vivían en un espacio sin fronteras, de modo que su relación con la tierra era diferente. “La habitaban, pero no la poseían.” Sin embargo, durante esta época, en los territorios vecinos de Uzbekistán y Turkmenistán eran sedentarios. El suelo era mucho más fértil y llano.
Se puede pensar que la yurta se conserva únicamente en Kirguistán como un símbolo; sin embargo, hoy en día se sostiene como una tradición ancestral. Para muestra: cada pueblo dispone de una yurta funeraria. Cuando una persona muere debe ser velada ahí. Esta ceremonia dura tres días. Las mujeres pueden entrar y llorar en la yurta; los hombres se quedan alrededor de ella.
Es de imaginar que en este país existen souvenirs de todo tipo con la representación de una yurta. A juzgar por la extravagancia que envuelve este mundo en cualquier rincón donde uno viaje, quizás este sea un recuerdo de lo más auténtico.













