Por Abel de Medici
A medida que la tarde languidece, la calle del pequeño pueblo kirguiso adquiere las tonalidades de un set de spaghetti western: esa luz densa como la miel que precede al duelo decisivo. Falta solo un estepicursor (popularmente conocido como “la bola de las pelis del oeste”) rodando y tendríamos la imagen perfecta.
Un viejo camión y algunos coches que han visto tiempos mejores bordean la larga calle polvorienta. Una niña, cargando la mochila del colegio en su regreso al hogar, es la única alma que se ve en ambas direcciones. Hasta que de la casa de huéspedes emergen, cual banda de antihéroes del Oeste saliendo del Saloon, cinco figuras: cuatro mujeres y un hombre, que emprenden el camino hacia el sol poniente. No van a la caza del forajido que mató a toda su familia, sino de imágenes para inmortalizar; sus armas no son revólveres, sino cámaras y teléfonos. Make photos, not war.
La caza de imágenes que protagonizan los urbanitas cuando se encuentran en un entorno rural es digna de un estudio sociológico. La sesión empieza con un clásico inmortal: ropa tendida. De Nápoles hasta el último pueblo del Vietnam, quien no vuelva de viaje con alguna fotografía de ropa tendida es un individuo frío y anormal del que conviene apartarse, pues tarde o temprano será el tema de un programa de true crime. Algo no marcha bien en la cabeza de alguien que no se conmueve ante la imagen de unas camisetas ondeando al viento. ¡Si es que encima se ve un caballo al fondo! De aquí al World Press Photo, seguro.

Al terminarse la calle ven un tractor cruzando el campo. Inmediatamente se lanzan a inmortalizar la estampa irrepetible, porque es bien sabido que en Cataluña no tenemos tractores. La maquinaria agrícola, especialmente si está a contraluz, tiene un no sé qué de poético, casi magnético, para la gente de ciudad. Condensa en sí la nostalgia por las sociedades agrícolas, la estética steampunk y la posibilidad de una reflexión sobre el sector primario maltratado. Si Van Gogh viviera hoy, seguro que dedicaría una serie de cuadros a pintar tractores.

La calle termina ahí, pero un giro a la izquierda ofrece un nuevo camino para explorar, potencialmente lleno de imágenes exóticas que descubrir. La atracción es irresistible. La verdad está ahí fuera, y van a retratarla.
El premio aguarda al final de la calle: una casa medio derruida, con techos de uralita, una metáfora perfecta del colapso soviético, la sociedad industrial de los años 60 con nula sensibilidad por los contaminantes y el anhelo romántico por un pasado que se derrumba. Como dicen los nostálgicos de la Italia de la segunda posguerra, “estábamos mejor cuando estábamos peor”. Una de las chicas se acerca a hacer una foto al patio de la vivienda abandonada.

-Noa, querida, ¿nunca viste una hormigonera?- dice el único integrante masculino del grupo. Él es el menos indicado para hablar, ya que poco antes ha tomado tres veces la misma foto con tres zooms diferentes.
Dejando atrás la casa abandonada, el grupo prosigue su camino por una calle paralela a aquella por la que partieron, cerrando el círculo, o en este caso el rectángulo. Y en medio del cemento y la piedra, divisan un atisbo de naturaleza, un animal exótico, emblemático del país, que no pueden perder la oportunidad de retratar:

Se trata de dos magníficos ejemplares de vaca (Bos taurus), animal casi completamente desconocido al penetrar más adentro de la segunda corona metropolitana de Barcelona. No pudieron hallar al leopardo de las nieves, pero menos da una piedra. De hecho, evolutivamente las vacas resultan mucho más interesantes que los leopardos, pero no las valoramos como se merecen solo porque son comunes. Pueden echarse una siesta estando de pie y alimentarse de casi cualquier hierbajo que encuentren, lo que les convierte en mucho mejores supervivientes que la mayoría de los animales. Cada año mueren más personas por accidentes con vacas que por ataques de tiburones, pero Spielberg consideró que “Moo” tenía menos gancho que “Jaws”.
La aventura termina con otro clásico inmortal de las sesiones de tardeo fotográfico: gente caminando. Un hombre alejándose por la calle. Las cuatro chicas abrazadas de espaldas. Y por supuesto, la infaltable foto de las sombras humanas. Aplicando un poco de tono sepia, todas ellas podrían ser portadas de un disco de música nostálgica, de esa que la gente se pone cuando están deprimidos y, por algún extraño motivo, escuchan música triste para sentirse peor. La misma atmósfera que reina en los locales nocturnos de blues acompañando un vaso de whisky con hielo.

Mientras el sol va cayendo hasta tocar las laderas sombreadas de las montañas, en la cabeza del fotógrafo suena la nostálgica balada de Lucky Luke: “Soy un cowboy solitario, estoy lejos de mi hogar, y a este cowboy solitario aún le queda mucho por cabalgar…”













