Diario de Ruta 2025, Kirguistán

Rumbo a la estepa infinita

La expedición Tahina-Can deja atrás Biskek y visita la Torre de Buraná, come en la casa de una familia kirguisa y asiste a la construcción de la yurta.

Por Javier Lombardero

Una vida condensada en tres días. En muy contadas ocasiones ocurre que el tiempo se ralentiza hasta el punto de que en 72 horas te da la sensación de que conoces a extraños mejor que a tus amigos. Ese sentimiento es el que se respira en el autobús que llevará a la expedición Tahina-Can durante los próximos días recorriendo Kirguistán.

Tras un desayuno apresurado los expedicionarios dejan atrás Bishkek para dirigirse al lago Issyk Kul, en el nordeste del país, escenario del resto de la aventura Tahina. Durante el trayecto hasta el próximo destino, la Torre de Buraná, el guía Edil da unas pinceladas sobre el pasado soviético de Kirguistán y la huella que ha dejado la Unión Soviética en los kirguises. También habla de la evolución y modernización del país y su reposicionamiento como potencia media en Asía Central. Los expedicionarios aprovechan para pulir los trabajos periodísticos que están produciendo ya que por la noche es la primera presentación de los equipos de trabajo.

Después de una hora y media de trayecto bordeando la frontera con Kazajistán, parada para ir al baño por el módico precio de 10 soms (0,00069 céntimos) incluida, se llega a la Torre de Buraná, un minarete de 23 metros de altura construido entre los siglos IX y XI enclavado en el Valle de Chuy, cerca de la ciudad de Tokmok. Este minarete es lo único que queda de la antigua ciudad de Balasagun, capital del estado de los karajanidas, enclave de la antigua ruta de la seda. Las leyendas dicen que en este valle existían cerca de 20 pueblos y cuando una de las caravanas de la ruta de la seda salía de uno de ellos ya estaba entrando en el siguiente, símbolo de la importancia de esta antigua vía comercial entre Oriente y Occidente. En este valle convivían personas de diferentes confesiones, lo cual también refleja la convivencia que existía entre las distintas culturas que habitaban la región.

Cerca de la Torre de Buraná se encuentra un museo al aire libre con esculturas de piedra (Balbals) con formas antropomórficas que datan del siglo VI y representan a guerreros.

Después de un breve receso en el que los tahinos pudieron subir por las empinadas y oscuras escaleras interiores de la torre para contemplar el inmenso paisaje llega la hora de comer, esta vez en una casa local en el pueblo de Don-Aryk. En esta zona, principalmente turística, no existen restaurantes sino que los propios locales acogen a los visitantes.

La expedición Tahina-Can es recibida por la familia de Turat y Aisada, quienes les ofrecen los alimentos más representativos de la gastronomía kirguisa, como el boorsok (pan frito), ayran (una especie de yogur), kaymak (similar a la mantequilla), funchoza (unos fideos transparentes acompañados con verduras y carne), ensalada de berenjena, ensalada de frijoles, shurugan (sopa de leche), dymdama (guiso elaborado con carne de cordero, patata, cebolla y verduras), chak chak (bolitas de pasta con leche condensada, avellanas y frutos secos) y sandía. Todo ello acompañado con té y cerveza kirguisa.

Los lazos familiares son un pilar fundamental de la cultura kirguisa y las familias locales tienen la costumbre de invitar a sus familias y vecinos organizando grandes fiestas en sus casas. La familia local que acoge a los expedicionarios se ha levantado a las cinco de la mañana para preparar el suculento banquete. “Nada se tira, todo se aprovecha”, dice Turat.

Después de comer tiene lugar uno de los momentos más esperados del viaje: el levantamiento y la construcción de una yurta en directo, e incluso algunos tahinos se animan a ayudar. Las yurtas son viviendas circulares características de las regiones de Mongolia, Kazajistán y Kirguistán, que se montan y se desmontan fácilmente ya que sus habitantes siguen teniendo un estilo de vida nómada, desplazándose con las estaciones de las tierras altas en verano a las bajas en invierno y viceversa.

Son ya las tres de la tarde y toca subirse de nuevo al autobús rumbo al lugar donde se pasará la noche, aunque algunos tahinos resisten a irse e intercambian algunas palabras, juegan y ríen con la familia local. Finalmente, se emprende la marcha que, aunque son dos horas más de trayecto, se pasa como en un suspiro mientras que todo el autobús duerme.

Entre el repiqueteo constante de la carretera, la expedición se adentra en el Valle de Chon Kemin, rodeado de montañas escarpadas y laderas que parecen de cuento.

Una vez instalados en la casa de huéspedes, en el pueblo de Shabdan, algunos tahinos deciden que es una buena idea salir a correr cinco kilómetros, acompañando a una monitora que quiere realizar un triatlón próximamente. Exhaustos, pero con el recuerdo en la retina del paisaje que acaban de contemplar, los valientes runners comprenden que el esfuerzo valió la pena.

Ducha, cena y reunión para tener la primera presentacion de los diferentes equipos de trabajo (vídeo, redes sociales, prensa y fotografía) y conocer los trabajos desarrollados por el grupo hasta ahora. Aunque antes, la expedición tiene el honor de recibir al concejal de urbanismo del pueblo, quien quiere felicitar a los expedicionarios por su trabajo y animarles a seguir ejerciendo el periodismo.

Asombra la cantidad y la calidad de los trabajos pese a que  la expedición solo lleva tres días documentando Kirguistán. Además del feedback de los profesores se plantean algunos debates muy interesantes sobre el periodismo, las redes sociales y la viralidad que obliga a los medios de comunicación a anteponer el sensacionalismo por encima de la calidad.

Al filo de la medianoche se termina un largo día, que ha sido aprovechado hasta lo inimaginable. Hay que descansar. Mañana se llega al lago Issyk Kul y en dos días se dormirá por fin en una yurta. Hace frío y se empieza a notar el cansancio acumulado, pero la actitud se refleja en los ojos de los tahinos.