Reportajes 2026, Vietnam

Tren nocturno a Lao Cai

Foto: Julia Cussó

Por Iván Lartategui.

La luna ilumina el andén y, junto a las luces tenues de la estación, provoca que la respuesta lumínica del farolillo recaiga sobre el rostro de la mujer que lo agarra. Esta viste de azul, con un gorrito, una pajarita con un nudo de lazo y su uniforme.

Nos indica que podemos subir con el tenue verde del bombín que carga. En respuesta, con un paso, cruzo la frontera que separa el andén del ferrocarril. Giro a la izquierda y entro al minúsculo recibidor con el que cuenta cada vagón. En este espacio dejo guardada la húmeda y cálida atmósfera de Hanoi y me abraza el microclima impuesto por el aire acondicionado frío y seco del tren.

Hacia delante, el ya angosto pasillo se estrecha un poco más, quedando a la izquierda las habitaciones y a la derecha las ventanas que muestran la calle con bares que hemos visitado por la mañana. Los habitáculos, como todo en el tren, son de un tamaño reducido y, vistos desde el marco de la puerta corredera, disponen de dos camas por lado, una ventana enfrente y, delante de esta, una columna hueca de madera con un diseño floral se ilumina con una luz cálida. Sobre el tronco luminoso, a dos palmos del suelo y a la altura de las literas de abajo, hay una mesa en la que, para cortesía de los huéspedes , hay agua, plátanos, dulces, cepillos de dientes y peines para sendas personas.

Mi litera es la superior del lado derecho, apoyando un pie en un saliente metálico que te asiste al subir. Acuesto mi mochila y saco lo necesario para hacer las tareas. Al acabarlas y con el tren ya en marcha, el vaivén producido por las ruedas que corren sobre las antiguas vías ferroviarias mecen a los pasajeros y me provocan un peso en los párpados que se une al cansancio. Y, como se suele decir que lo breve dos veces bueno, las 5 horas de sueño han resultado para algunas reparadoras y para otros no tanto, pues una ojera dice más que mil palabras.