Sueños, viajes, música... Éstas son algunas de las inquietudes de tres de los miembros de la expedición Tahina-Can Bancaja. A través de sus protagonistas viajaremos no solo a un nuevo país, sino también descubriremos más de cerca a cada uno de los aventureros.
El periodista deportivo de la Agencia Efe, Alfonso Gil, fue uno de los periodistas que acompañaron a los expedicionarios en su camino por tierras peruanas. Ahora, Gil nos responde a unas preguntas sobre su experiencia en el viaje.
Martes 16 de Septiembre de 2008. Amanecía un nuevo día en Taquile. Para los lugareños sería un día cualquiera, para nosotros no. Esa noche íbamos a visitarlos y, lo más importante, a convivir con ellos. Cuando montamos en el barco que nos llevaba a la isla no sabíamos que volveríamos con otra forma del ver el mundo que nos acompañará siempre.
Entre los blancos edificios de la plaza de Chincheros, rodeado de bufandas, chalecos y bolsos tejidos a mano, Julio se pasea con sus cuadros en busca de algún turista que sepa apreciarlos. Crea coloridas imágenes con sus pinceles, como hacen las mujeres hilo a hilo en los telares.
Juliaca es un paraje desolado. Un trámite de carretera en el camino a Cuzco. La cuestión de su localización se disuelve inmediatamente ante la sorpresa de que pueda erigirse así, como el matorral que se empeña en crecer en tierra yerma.
Subida en el tren Valencia-Madrid, que luego enlazaría con el vuelo Madrid-Lima, me contaron que la marca Apple había sacado a la venta un nuevo iPod. Este reproductor cambia de canción si lo agitas, además los colores disponibles son diferentes y más llamativos que los del iPod viejo. "Cuando vuelva de Perú -pensé- iré a comprarlo porque el mío es muy antiguo y necesito uno nuevo". Ahora, sentada en una lancha que me lleva desde Taquile hasta Puno y pienso en el nuevo iPod como una necesidad absurda y vergonzosa promovida por occidente.
Hace falta olvidar el reloj para entender y disfrutar de los lugares, y no de los lugares del mundo, sino los lugares que luego quedan en la memoria. A 2 350 metros de altitud el reloj no es que se olvide, es que se para. En Arequipa no se puede entrar midiendo tiempo.